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Un blog que se cree portal de comunicación.

True Blood

Una serie aparentemente sobre vampiros, sexo y drogas. Pero también una serie que trata temas tan importantes como las sectas, el terrorismo, cómo lucir y relucir pantalones vaqueros o la mejora de la representación en sistemas políticos democráticos (en este caso en el de los Estados Unidos de América).

A la redacción nos encanta y nuestro veredicto final es una clara recomendación. Instamos a todos los lectores a que, cuando acaben de leer esta entrada, dejen todo lo que estén haciendo y se pongan a ver True Blood con una copa de vino y un amante desnudo al lado.

¿Por qué nos encanta? A cada sector de la redacción por una cosa distinta. Unos piensan que sólo por ver sin ropa en cada episodio a Jason ya hay que ver la serie. Otro sector es fan por la interpretación de Anna Paquin, que esta vez hace de una camarera que nunca ha salido de su pueblo y que puede leer los pensamientos de los humanos, lo que la perturba continuamente, sobre todo porque sólo piensan en ella en sentido sexual (será porque no es más que una paleta de pueblo americano que, aunque tenga una buena sonrisa y cierta capacidad de reacción, probablemente roce el analfabetismo).

A otro sector de la redacción le encanta por sus cuidados guiones, la belleza de las metáforas, la interpretación de todos los personajes y por esa atmósfera que combina fantasía con mucha decadencia moral y estética.

A la minoría afroamericana sin seguridad social de la redacción, True Blood le gusta porque algunos de los personajes protagonistas son negros. Entre ellos un camello que trafica con sangre de vampiro (la droga de moda por la que algunos humanos matarían) que a la vez es cocinero del bar donde trabaja la Paquin y que encima es homosexual. En resumen: negro, camello, cocinero de bar decadente y marica.

El sector nerdy de la redacción no para de recordar que la serie está creada por Alan Ball, ese maravilloso hombre que pensó por todos nosotros Six Feet Under (aviso, tópico) una de las mejores series de la HBO y de la Historia de la Televisión. En verdad, True Blood va de lo mismo que SFU: la muerte y la vida. Pero da un paso más, ahora los muertos están vivos y juegan a la Wii. Quizá las críticas que recibió la serie al principio fueron fruto de la estrechez de mente de algunos críticos de series de la blogosfera.  True Blood es un drama para reír y en esos términos debe ser entendida si se quiere disfrutar. No quiere que te quedes en trance durante toda la noche tarareando canciones de Sia, quiere que te quedes pensando en si el bulto que tiene Jason entre las piernas es real o no. Los que se esperaban otro SFU se equivocaban y los que criticaron a True Blood en sus inicios por su pretencioso y forzado drama es que eran unos reaccionarios incapaces de asumir el final de SFU.

Por una cosa u otra, a todos nos gusta. También es cierto que tenemos un claro pasado de fanatismo veraniego de Buffy Cazavampiros. True Blood es como esa serie, sólo que la protagonista es un poco más tonta, que no hay brujas lesbianas, que los personajes se desnudan, que hay drogas, que los vampiros viven en completa armonía con los humanos y su lucha se centra en ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho (¡es una lucha política!), que la protagonista no cambia de novio en cada temporada y que para matar a los malos lo último que hacen los personajes de True Blood es ir a la biblioteca, en parte porque la más cercana probablemente esté a tres estados de distancia.

Glee. Guilty pleasure.

Es muy bonito ver cómo una serie que parecía estar destinada a morir a los tres episodios, cual The Beast o el remake de El coche fantástico, ha conseguido que cada semana esperemos con excitación su nuevo capítulo. Es como cuando conoces a una persona en una fiesta, pero no le das mucha importancia porque piensas que es un loser, pero cuando te agrega al Facebook te das cuenta de que está casi en los mismos grupos que tú y sin quererlo te pasas tres horas mirando sus fotos.

Glee va de un coro de instituto americano que tiene todos los elementos que necesita para triunfar: la estrella, el chico guapo, el chico en silla de ruedas, el homosexual aficionado a Marc Jacobs, la negra, la asiática y el profesor frustrado. La serie se dedica a mostrar las miserias de un instituto de un pueblo perdido de Ohio que ofrece frustración y fracaso a sus alumnos por muy buenos que sean cantando o jugando al fútbol al ritmo de Beyoncé.

La idea de éxito es el hilo conductor de la serie. Los miembros de Glee Club saben que son fracasados entre fracasados. Es una la lucha por conseguir ser el menos loser lo que le da a la serie un toque entre decadencia y humor negro que nos encanta.

Además, a Glee le gusta tener actrices secundarias de lujo. En cinco episodios ya van dos: Jessalyn Gilsig (o sea, ¡Gina!), que para los que no lo sepáis es la actriz que ganó el premio Aya a la mejor muerte televisada hace un par de años por su despeñamiento sexual en Nip/Tuck. Y por otro lado, Kristin Chenoweth, la actriz que recientemente ha ganado un Emmy a mejor actriz secundaria por su papel en Pushing Daisies, esa serie romántica hasta morir (chiste) que no pudimos dejar de ver en su primera temporada y con la que no pudimos dejar de vomitar en la segunda.

¿Qué se hace en Glee? Pues se canta y se baila. ¡Glee es un musical! ¡Es el musical en el que a todos nos hubiera gustado cantar en el el instituto! Y es un musical creado por el mismo que creó hace ya unos cuantos años Nip/Tuck, esa serie capaz de dar un par de lecciones sobre cómo sobrevivir cuando todos te auguran una cancelación inminente. Decadencia y humor negro hemos dicho de Glee antes, pues después al descubrir quién es el creador entendemos muchas cosas.

¿Qué podemos esperar de Glee? De momento un show muy entretenido con humor inteligente y sin muchas pretensiones. También buenos actores. Y mucha música adolescente dramatizada hasta el ridículo. Con el tiempo, si consigue sobrevivir, podemos esperar de todo. Incluso, por favor, otro despeñamiento sexual.

Chuck

Chuck ha dividido a la redacción. No es que unos sean fans y otros estarían dispuestos a hacer una huelga de hambre o a atarse a cualquier árbol que parezca antiguo del Paseo del Prado con tal de que dejaran de emitirla. Ha dividido a la redacción en el sentido de que unas veces nos parece aburrida, monótona y facilona de forma unánime; y otra nos parece a todos entretenida, arriesgada y encantadora. En resumen, el problema no está en que no nos pongamos de acuerdo porque pensemos cosas diferentes y no podamos tomar una decisión colegiada, que es como tomamos las decisiones en la redacción, el problema es que esta serie nos hace sentirnos inseguros, nos lleva a preguntarnos si realmente tenemos criterio, si estamos preparados para ser líderes de opinión y si el tiempo que invertimos en deliberar, estructurar y escribir nuestras reseñas merece la pena. Nos hace también plantearnos si el nivel de nuestros lectores es el que creíamos o si, por el contrario, nuestros lectores nos siguen porque son una masa acrítica y moldeable, capaz de creerse que O.C es una buena serie y que Comunicación Viciada es un buen portal.

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El caso es que una serie capaz de hacer que nos replanteemos nuestra propia existencia tiene que tener algo. Crear una problemática donde no la había o sacar a la luz una que nadie conocía, no es algo que pueda hacer una simple serie de espías, que es de lo que va Chuck. Pocos personajes (y todavía menos con relevancia), tópicos en todas las escenas, guiones predecibles, tramas prefabricadas, actores mediocres (algunos de la escuela Everwood), originalidad nula y ciertos aires de plagio estilístico son los elementos básicos de la serie. Vayamos por partes.

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El creador de la serie es el mismo que creó ese error conocido como Orange Country. Todavía recordamos ese verano de 2004 que pasamos en Gales y nuestras hermanas nos decían que en la uno acababan de estrenar una serie que nos iba a gustar. Cuando volvimos en agosto y vimos de lo que se trataba no podíamos parar de vomitar, como en la vida real la protagonista. El caso es que cuando veíamos los créditos de Chuck (bastante pésimos, todo sea dicho) el nombre del productor nos resultaba familiar, un poco de investigación nos llevó a relacionarlo con esa serie que no vamos a nombrar tres veces en el mismo post.

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La trama no hay por dónde cogerla, al pobre Chuck que lo echaron de Stanford en su último año por copiar en un examen acaba trabajando en Buy More, que es como un guiño, suponemos que muy caro, a Best Buy (conocida cadena de venta de aparatitos electrónicos de todo tipo en los Estados Unidos de América). Un buen día recibe un mail de un examigo de la universidad que contiene un archivo que se descarga automáticamente en su cabeza. Dicho archivo guarda los secretos de estado más importantes de la CIA. Resulta al final que lo que se ha descargado es la única copia del Intersect una especie de ordenador (¿?) que quiere tener todo el mundo. A partir de ese momento Chuck será capaz de reconocer a todos los malos de la Tierra sólo con ver algo que tenga que ver con ellos. De la noche a la mañana pasa de ser un pringado a la persona más importante para la CIA y para tropecientas organizaciones terroristas.

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Para protegerlo la CIA le pondrá a dos agentes , un machote alienado al que sólo le importa hacer bien su trabajo y a una rubia, sensible e inteligente de la que todo el mundo se enamoraría. Tensión sexual asegurada pensaréis. Pues no, de tensión sexual nada, aburrimiento. Amor platónico, estúpida deontología de espías y mucha inocencia continuada durante las dos temporadas que se han emitido.

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Chuck es una mezcla de esa serie que no vamos a volver a nombrar y de Alias. De la primera coge todo lo malo (todo) y de la segunda la forma de estructurar los episodios y las peleas a muerte entre mujeres atractivas.

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El caso es que, como hemos dicho al principio, no podemos dejar de ver la serie. Puede ser por varios motivos, pero hemos escogido los dos que creemos más importantes: que el protagonista es monísimo y que en el segundo capítulo la mala de turno es interpretada por Lorena Bernal, actriz que nos encanta desde que fue protagonista de El Secreto, la telenovela de sobremesa que la uno emitió durante las tardes del 2002 (si no recordamos mal).

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De momento, nos tememos que en la redacción seguiremos viendo la tercera temporada, con la esperanza de que el personaje central evolucione y empiece a comportarse como un espía guay, que la serie se vuelva más dramática, que se trabajen un poco más los enredos de cada capítulo y que vuelva Lorena Bernal.

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Probablemente después de leer la reseña no tengáis ganas de verla o quizá os haya picado la curiosidad y ya estéis entrando en Series Yonkis. Sea como sea, no dejéis de comentarnos vuestras impresiones. Comunicación Viciada somos todos.

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